Nota de Opinión

PALABRAS JUSTAS

por Eduardo Ojeda (*) ...Sin duda los autoritarismos varios, discursos disciplinantes y censores precedieron con largura al golpe del 76 e hicieron lo suyo en la fabricación de matrices antidemocráticas y opresivas, pero bajo el profundo surco de terror sembrado por los “reorganizadores de la nación” las semillas de miedo, discordia y anomia parecen haber calado muy hondo en nuestra subjetividad...
23.03.2011 | 12:12
George Steiner ha interrogado la idea de que la lengua alemana no sería ya la misma luego de Auschwitz; no se refería, por cierto, al devenir siempre cambiante de un idioma en el tiempo, sino a la imposibilidad radical y en cierto modo trágica de volver a predicar determinados valores, moralidades o estéticas en aquella lengua después del horror del Holocausto.

El hilo oscuro de palabras como genocidio, campos de concentración, tortura, permite entre nosotros conjeturar preguntas similares: ¿Qué se destruyó o modificó de manera sustancial en el castellano del Río de la Plata a partir del imperio de centenares de campos clandestinos de concentración y tortura en nuestro país?

El tejido social está hecho del tejido de la lengua, en el lenguaje y por el lenguaje construimos y compartimos el sentido de nuestras vidas. En un extremo, no faltan quienes han postulado una proporción directa entre la degradación de un idioma y la decadencia de una nación. Gravísimas dificultades para el diálogo- tradición venerable, desde Platón para acá, ese ir diciendo el pensamiento de a dos, acaso la única forma o la más genuina de decirlo- atraviesan no digamos ya nuestros adelgazados entremeses políticos, sino toda la densa trama de lo social, aún en lo más menudo de la vida cotidiana: las cortesías y los silencios y la capacidad de escuchar al otro que dan un marco elemental a la convivencia- para comenzar a hablar- desde ese golpe (desde ese trauma) son ausencias gravosas, pero alcanzan ribetes patológicos cuando presumir de sordera, gritar todos al mismo tiempo o monologar sin término visible emergen, se repiten, como síntomas aciagos de esa negación del otro y del pensamiento en los más dispares ámbitos de nuestra vida en sociedad.

Sin duda los autoritarismos varios, discursos disciplinantes y censores precedieron con largura al golpe del 76 e hicieron lo suyo en la fabricación de matrices antidemocráticas y opresivas, pero bajo el profundo surco de terror sembrado por los “reorganizadores de la nación” las semillas de miedo, discordia y anomia parecen haber calado muy hondo en nuestra subjetividad. Como si al alarido estremecedor de los torturados respondiera durante largo tiempo la lengua paralizada, empobrecidas las voces, forzadas al monosílabo o acorraladas en una cerrazón de furia trepidante y sin sosiego. Un genocidio no concluye con la matanza, con la matanza recién comienza.

Si con el otro no puedo hablar, si su diferencia me cuestiona o conmueve la más endeble de mis pobres certezas, no sólo lo discrimino: lo mataría. Así de brutal, confesada o no, suele ser la lógica que impera muchas veces en lo grupal, en lo institucional, entre facciones partidarias o en las relaciones vecinales. Véase el Indo americano y la profusión fascista que movilizó. Y de eso, mal que nos pese, es necesario reconocer que no hemos salido. La palabra solidaridad se dice fácil y se practica poco pero sobre todo se desdeña que es imposible la solidaridad sin el respeto de la alteridad, sin la apertura a las diferencias que hacen de cada uno, único en su ser singular. Respeto, honestidad, cordialidad- se diría una reliquia de la civilización, viene de cordis, tener abierto el corazón- no pueden pronunciarse sin una risita sarcástica de fondo. Son las tristezas de una lengua encanallada, sin espesor ni hondura, una lengua tinellizada, trillada hasta en los insultos por el poder mediático- comunicacional. Lo señala con precisión Alejandro Kaufman, “el opresor es el que se encuentra en condiciones de poner a su favor el lenguaje”. Desde hace un tiempo, en un giro siniestro, estar nominado se transformó en sinónimo de ser excluido, expulsado, bajo amenaza, eliminado. Tales son las secuelas, las sombras largas del espanto sobre el idioma de los argentinos.

El generoso intercambio de ideas, la reflexión, con todo lo que supone de serena distancia y vuelta sobre sí parece que estuviera reservada a los intelectuales y ellos no siempre hacen lo suficiente para disipar la enormidad de ese prejuicio, contradicho por las mejores tradiciones populares que dibujan la figura del innúmero intelectual colectivo en nuestra rica historia política, sindical y cultural. Se dirá que recrearlo es un ejercicio improbable en vastas zonas de dolor o de intemperie y ello es rigurosamente cierto bajo las ruinas del país que Videla, Martínez de Hoz y compañía y después el Menemato y después la Alianza supieron conseguir; por eso mismo es necesario recordar en esta fecha que ha sido justamente desde las entrañas del dolor más hondo - pensamos en Madres y Abuelas de Plaza de Mayo- donde se pudo elaborar un recorrido no sólo justiciero, sino también profundamente sanador: ello es memoria, verdad, justicia, pero también el reencuentro y el diálogo, la ternura infinita de estas abuelas que reciben a sus nietos ya hombres y mujeres como niños, donde comienzan a susurrarse amores y temblores tan esperados, tan acunados, contra la imperiosa desolación de una sociedad acobardada que acompañó poco y de un Estado que obedeció, puso punto final, indultó, cuanto pudo, para hacer oídos sordos a esos gritos de dolor y también a aquellos gritos de justicia.

Pero esas leyes aberrantes fueron derogadas, esa impunidad es la que se ha venido horadando gracias a la fiel tenacidad de los organismos de derechos humanos y a un giro decisivo en las política de Estado en esta materia a partir de 2003: hay más 300 genocidas presos, en nuestra provincia se desarrollará este año por primera vez un juicio oral y público- la causa Harguindeguy- donde todos podremos escuchar los testimonios del horror que es necesario escuchar y ventilar, en todo el país se han reanudado los juicios que también alcanzan a algunos cómplices civiles- es cierto que falta mucho por hacer y por decir sobre esa civil complicidad- de la dictadura: por ejemplo, el ex juez Miret en Mendoza, el ex juez Brusa en Sante Fe. Así, contra viejos letargos e insuficiencias se pelea día a día una porción de justicia escamoteada.

Se ha de seguir diciendo presente Dina Nardone, Piérola, Germano, Guastavino, Zaragoza, Wenner, presente Liberoff, Papetti, Garnier, María Elena Bugnone y tantos otros. Señales que van iluminando al paso las lejanías: en las márgenes de nuestras orillas entrerrianas se va cifrando la otra historia, y hay jóvenes que llevan esos rostros en pancartas y escriben y pintan esos nombres en los muros. Quizá por esas grietas de tanta desmemoria, individualismo y soledad, donde hoy crecen con premura vegetaciones imprevistas, murgas y canciones, renacidas bibliotecas, nuevas agrupaciones estudiantiles, se va asomando con timidez la recuperación del valor y del deseo inestimable de lo colectivo, vaya recreándose un lenguaje nuestro, menos mezquino, donde nominar sea reencantar el mundo con voz emancipada como quería Paulo Freire y para mejor “sentipensarnos”, como quiere Eduardo Galeano. Si las recobramos, serán palabras justas.

* Docente del Área Memoria y Derechos Humanos, FHAYCS, UADER, Concepción del Uruguay.

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