Complicidad económica civil de la dictadura
La economía de Martínez de Hoz: la deuda externa pasó de 7.875 millones de pesos a 35.671 millones
La muerte de José Alfredo Martínez de Hoz, ex ministro de Economía de la dictadura, pasó prácticamente desapercibida en cuanto a noticia significa. Sin embargo, las políticas económicas que impulsó afectaron y continúan afectando la vida argentina.
18.03.2013 | 08:18
Por Andrés Asiain (*)
El plan económico dirigido por José Alfredo Martínez de Hoz fue una parte indispensable del proyecto político-social de la dictadura militar. Si podemos decir que el terrorismo de Estado, la prohibición de partidos políticos y sindicatos, y el marco represivo general fue indispensable para poder llevar a la práctica el programa económico de Martínez de Hoz, no es menos cierto que las consecuencias del mismo fueron indispensables para el objetivo político de la junta de comandantes: terminar con el protagonismo popular en la vida política de la República Argentina.
El ministro de la dictadura basó su política económica en dos principios rectores: apertura y achicamiento del Estado. En sus palabras, “eliminar la excesiva e irracional intervención del Estado y reemplazar el sistema de economía cerrada por otro abierto”. Estos principios, que se aplicaron en distintas áreas de la economía, implicaron el traspaso de la dirección de la economía argentina desde el Estado nacional hacia las corporaciones multinacionales y las potencias que controlan y dirigen el mercado mundial.
A mediados de los setenta, el papel que el “mercado mundial” tenía para nuestra economía no era el de ser el productor de alimentos para las potencias como en los tiempos del “granero del mundo” sino el de reciclar “petrodólares”. La suba del precio del petróleo había generado enormes ingresos a los países petroleros que fueron depositados en la banca internacional, básicamente en bancos norteamericanos. La necesidad de esos bancos de colocar esos dólares en forma de créditos fue satisfecha gracias a la instauración de la dictadura argentina, junto a la de otros países hermanos de la región. No por nada, el mismo David Rockefeller, entonces director del Chase Manhattan Bank, viajó a Buenos Aires en 1978 para respaldar al ministro, por quien declaró sentir un “gran respeto y admiración”.
La deuda externa pública y privada pasó de 7875 millones de dólares en 1975 a 35.671 millones en 1981. La misma no sirvió para ampliar la capacidad productiva del país, ni para fomentar las exportaciones o la sustitución de importaciones que permitiera su posterior repago. Se utilizó para garantizar el momentáneo abaratamiento del dólar, con el consiguiente auge de consumo de productos baratos y de viajes al exterior.
La denominada “plata dulce” disimuló temporalmente las consecuencias del quiebre de gran parte de la industria nacional, especialmente las pequeñas y medianas empresas, que no podían sobrevivir a la competencia externa. Los efectos nocivos de la política económica recién se harían sentir con el derrumbe de la tablita, pero para ese entonces el mal ya estaba hecho y la gestión económica se encontraba en otras manos.
Esas políticas económicas estuvieron destinadas a generar una transformación profunda de la estructura económica y social que asegurara un cambio integral en la historia nacional. En el imaginario de José Alfredo Martínez de Hoz y el sector social al que pertenecía y representaba, la industria era sinónimo de obreros organizados sindicalmente y éstos de procesos políticos que, como el peronismo, impedían el control político de la Nación por parte de la fracción social a la que el ex ministro de Economía pertenecía. De ahí que la desindustrialización generada con la apertura y el dólar barato constituyó un objetivo deliberado de la política económica de la dictadura.
Además, la deuda externa dejada como herencia por la gestión de Martínez de Hoz condicionó el posterior funcionamiento de la economía Argentina una vez recuperada la democracia. El estrangulamiento externo que generaba la pesada carga de intereses y amortizaciones de la deuda anuló la capacidad operativa del Estado forzando a una continua renegociación del crédito externo. Fue la causa del estallido del mercado de cambio y de las finanzas del Estado que condujeron a la hiperinflación, abriendo las puertas al menemismo.
Fue la causa de la instalación del Fondo Monetario Internacional, la banca extranjera y sus aliados locales como un factor de poder que dirigía, tras bambalinas, la política económica del país. Fue la causa del abandono de las políticas de desarrollo del mercado interno por un esfuerzo exportador cuyo objetivo era obtener las divisas necesarias para hacer frente a la deuda. Fue la causa de una sociedad arrasada, con su población empobrecida y desempleada.
Costó más de tres décadas empezar a revertir las consecuencias económicas, políticas y sociales de la política de Martínez de Hoz, casi el mismo tiempo que tardó la Justicia en condenarlo. Sin embargo, la mayor justicia y la peor condena para el ministro de la dictadura fue llegar a ver que el país que había arrasado volvía a florecer.
* Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche.
El ministro de la dictadura basó su política económica en dos principios rectores: apertura y achicamiento del Estado. En sus palabras, “eliminar la excesiva e irracional intervención del Estado y reemplazar el sistema de economía cerrada por otro abierto”. Estos principios, que se aplicaron en distintas áreas de la economía, implicaron el traspaso de la dirección de la economía argentina desde el Estado nacional hacia las corporaciones multinacionales y las potencias que controlan y dirigen el mercado mundial.
A mediados de los setenta, el papel que el “mercado mundial” tenía para nuestra economía no era el de ser el productor de alimentos para las potencias como en los tiempos del “granero del mundo” sino el de reciclar “petrodólares”. La suba del precio del petróleo había generado enormes ingresos a los países petroleros que fueron depositados en la banca internacional, básicamente en bancos norteamericanos. La necesidad de esos bancos de colocar esos dólares en forma de créditos fue satisfecha gracias a la instauración de la dictadura argentina, junto a la de otros países hermanos de la región. No por nada, el mismo David Rockefeller, entonces director del Chase Manhattan Bank, viajó a Buenos Aires en 1978 para respaldar al ministro, por quien declaró sentir un “gran respeto y admiración”.
La deuda externa pública y privada pasó de 7875 millones de dólares en 1975 a 35.671 millones en 1981. La misma no sirvió para ampliar la capacidad productiva del país, ni para fomentar las exportaciones o la sustitución de importaciones que permitiera su posterior repago. Se utilizó para garantizar el momentáneo abaratamiento del dólar, con el consiguiente auge de consumo de productos baratos y de viajes al exterior.
La denominada “plata dulce” disimuló temporalmente las consecuencias del quiebre de gran parte de la industria nacional, especialmente las pequeñas y medianas empresas, que no podían sobrevivir a la competencia externa. Los efectos nocivos de la política económica recién se harían sentir con el derrumbe de la tablita, pero para ese entonces el mal ya estaba hecho y la gestión económica se encontraba en otras manos.
Esas políticas económicas estuvieron destinadas a generar una transformación profunda de la estructura económica y social que asegurara un cambio integral en la historia nacional. En el imaginario de José Alfredo Martínez de Hoz y el sector social al que pertenecía y representaba, la industria era sinónimo de obreros organizados sindicalmente y éstos de procesos políticos que, como el peronismo, impedían el control político de la Nación por parte de la fracción social a la que el ex ministro de Economía pertenecía. De ahí que la desindustrialización generada con la apertura y el dólar barato constituyó un objetivo deliberado de la política económica de la dictadura.
Además, la deuda externa dejada como herencia por la gestión de Martínez de Hoz condicionó el posterior funcionamiento de la economía Argentina una vez recuperada la democracia. El estrangulamiento externo que generaba la pesada carga de intereses y amortizaciones de la deuda anuló la capacidad operativa del Estado forzando a una continua renegociación del crédito externo. Fue la causa del estallido del mercado de cambio y de las finanzas del Estado que condujeron a la hiperinflación, abriendo las puertas al menemismo.
Fue la causa de la instalación del Fondo Monetario Internacional, la banca extranjera y sus aliados locales como un factor de poder que dirigía, tras bambalinas, la política económica del país. Fue la causa del abandono de las políticas de desarrollo del mercado interno por un esfuerzo exportador cuyo objetivo era obtener las divisas necesarias para hacer frente a la deuda. Fue la causa de una sociedad arrasada, con su población empobrecida y desempleada.
Costó más de tres décadas empezar a revertir las consecuencias económicas, políticas y sociales de la política de Martínez de Hoz, casi el mismo tiempo que tardó la Justicia en condenarlo. Sin embargo, la mayor justicia y la peor condena para el ministro de la dictadura fue llegar a ver que el país que había arrasado volvía a florecer.
* Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche.
Fuente: Página/12